La santidad y la verdadera felicidad, fruto de un corazón abierto a la gracia de Dios

SABOREANDO EL EVANGELIO   |   1/nov/2026

Por César Alfredo

Del Evangelio del domingo de la XXXI del Tiempo Ordinario

En una sociedad contemporánea que frecuentemente mide el valor de la persona por el éxito material, el poder y la inmediatez: 

el Evangelio de las Bienaventuranzas se alza como el manifiesto espiritual más revolucionario de la historia, desafiándonos a encontrar la verdadera plenitud a los pies de Cristo

La nueva ley desde la montaña

El pasaje de Mateo 4, 25—5, 12 marca el pórtico solemne del Sermón de la Montaña. Al ver la multitud que lo persigue desde distintas regiones, Jesús sube al monte y se sienta, adoptando la postura tradicional del maestro que enseña con autoridad. Este gesto evoca la figura de Moisés recibiendo la Ley en el Sinaí, pero con una profunda novedad: Jesús no es solo el legislador, sino la fuente misma de la gracia.

Las bienaventuranzas (del griego makarios, que significa dichosos o verdaderamente felices) no son un código de prohibiciones ni una carga imposible, sino el autorretrato espiritual de Jesús y el mapa de ruta para todo bautizado. Cada bienaventuranza contrasta una realidad de precariedad humana (pobreza, llanto, persecución) con una promesa divina de salvación eterna.

El laico en el corazón del mundo

Para nosotros, fieles laicos católicos, este texto no pertenece a un pasado remoto ni a un ideal exclusivo de los consagrados. Vivimos las bienaventuranzas en medio de nuestras familias, oficinas, universidades y comunidades:

  • Tener alma de pobres: Reconocer que nada nos pertenece de forma absoluta y depender confiadamente de Dios, desprendiéndonos del consumismo.
  • Trabajar por la paz y practicar la justicia: Ser constructores de diálogo en un entorno polarizado, defendiendo la dignidad humana desde el primer instante de la vida hasta su término natural.
  • Mantener el corazón puro: Rechazar la doble moral y buscar la transparencia en nuestras intenciones cotidianas.

Ser sal de la tierra y luz del mundo implica encarnar estas actitudes justamente allí donde el Evangelio parece ausente: en el trabajo diario, en el trato con los vecinos y en la gestión de nuestras responsabilidades sociales.

La gran enseñanza de este pasaje es que la santidad y la verdadera felicidad no son fruto del esfuerzo humano desmedrado, sino de un corazón abierto a la gracia de Dios. Las bienaventuranzas nos recuerdan que el sufrimiento y las dificultades de la vida vividas en comunión con Cristo adquieren un valor redentor y encuentran su consuelo definitivo en el Reino de los Cielos.

Renueva hoy tu respuesta al Señor

Te invitamos a elegir una de las bienaventuranzas de este texto para meditarla y ponerla en práctica cada día de esta semana en tu hogar o lugar de trabajo; comparte este artículo con tus hermanos de comunidad y renovemos juntos el compromiso de vivir el Evangelio con alegría.